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AMANECE

El amanecer es la brasa del cigarrillo que ampara la mesa donde debaten sobre la extensión del cielo, el viejo poeta, la buena mujer que le arranca hombres desesperados a la noche y el ebrio soñador que ha perdido las riendas de la risa. El primero sostiene que en el cielo caben los que han conservado el fuego sagrado; la segunda piensa que el cielo es un nuevo comienzo; el borracho ve el cielo en todas las partes que aun no ha alcanzado.

El amanecer es la marca violeta en los labios de la noche en que los amigos del novio, con pasos vacilantes por las calles empedradas y las corbatas flojas, cantan desafiantes risotadas en do mayor. Ahora ya la niñez es un espacio recobrado; justo ahora que saben que no pueden volver.

El amanecer es la cuerda de pétalos que enreda los ojos de los amantes, frustra sus pies, estruja sus manos hasta hacerlas gotear la mañana, crucifica sus deseos en la ventana que atraviesa un sol siempre imprudente. En la cama deshecha el amor es un tigre insomne.

El amanecer es el firmamento donde vuelven a creer los desesperados pájaros desvelados de amor por la luna. Los pájaros que sostienen entre sus alas los sueños de los niños. Han atravesado la noche en bandadas más numerosas que la arena y su canto es un rumor de campanas en el fondo del mar.

El amanecer es la calle que remontan las bicicletas de los trabajadores que oran por un pan alegre; es su esfuerzo, su caballo galopando hacia la estrella de belén que marca el fin de la mala noche. Sus manos se han despertado temprano y aún antes de volver a ser ya son una bendición sobre la cabeza de sus hijos.

El amanecer es un viñedo con rocío en el que el sol dibuja joyas inestables, palabras de cristal, estrellas caídas, espíritus de luz jugando rondas entre los racimos. Es el perfume que sube en secreta alquimia desde la tierra, hasta el techo del vino.

El amanecer es el vino que nunca está demás; el vino que se sube al camino llenando de oro el palacio del pecho para que el corazón tenga un trono donde bailar.

El vino es el amanecer que disipa la amenaza.

Autor: Carlos Atahualpa Saez


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