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Verano

El hombre, este domingo, se ha levantado con el rocío. Le gusta sentarse en la galería de la casa y ver como el verano se despierta en pájaros.

El pueblo, al pie de la cordillera, ha ido creciendo en movimiento con el discurrir de la mañana. Algunas viejas ya vuelven de la misa de once enzarzadas en conversaciones trascendentes: los hijos y la comida.

El hombre sentado bajo el parral apura a sorbos el vino color de oro.

Temprano su esposa dispuso sobre la mesa del patio una canasta con frutas: un melón que trajo de la huerta, unas uvas chorreantes de agua. El hombre la piensa. La ve entre las flores del jardín. Está orgulloso de su mujer, pero nunca se lo dirá.

El aroma de las frutas, al hombre, le abre la puerta de sus recuerdos secretos: los cada vez mas tenues domingos de la infancia; las risas de los niños; el viento rondando los carolinos. Sus pies como dos peces felices bailando en las aguas heladas de la acequia.

Su mujer canta. Desde la cocina lo ve tomar su vino y enfilar hacia el fondo de la huerta. Lo ve descalzarse.

El hombre sumerge sus pies en el agua de deshielo lentamente; uno a uno. Siente los alfileres del placer. Se recuesta en un árbol. Tiene un pájaro en el pecho.

Cierra los ojos para verlo volar.

 

Autor: Carlos Atahualpa Saez