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Otoño Mendocino Toda la mañana había vendimiado. El paisaje era, al mediodía, un aire amarillo que se dejaba atravesar, morosamente por el hombre. Volvía a su casa entorpecido por las abejas que querían libarle el mosto de la camisa y de las manos. Sus pies rompían el oro de las hojas del sendero. Se detuvo para recoger unas ciruelas y unas uvas para su mujer. Desde la casa le llegó el ruido de sus hijos jugando entre las gallinas y el zureo de las palomas entre los plátanos. Vio a su mujer por la ventana de la cocina, cortando contra el pecho un pan casero. Antes de entrar a la casa se lavó cuidadosamente junto al aljibe. Refrescó la fruta y la colocó en una canasta. Su mujer llamó a los hijos a comer. A los ojos del hombre le costó abandonar el ámbar del otoño mendocino y acostumbrarse a la penumbra de la casa. Poco a poco fue reconociendo las formas, los olores. El mayor de sus hijos le sirvió un vaso de vino oscuro y fragante. Sobre la mesa estaban dispuestos los platos: jamón, pan casero y tomates con orégano y ajo. Su mujer trajo una tortilla de papas y la colocó, como un sol de utilería, a reinar sobre la mesa. Le dolía un poco la espalda. El hombre sorbió el vino y acarició un hijo. Tuvo la sensación de haber vivido eso antes. En otras vidas. La familia se sumergió en el ritual. Autor: Carlos Atahualpa Saez |