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Índigo

En Mendoza, cuando el verano despunta, el cielo se derrama como una cabellera de flores.

Las calles entonces, en octubre, son grandes ríos de perfumes índigo; coros de rosas desvanecidas; tibieza de manos maternales. Las calles en octubre son un secreto mal guardado, una flecha viajando en el aire de los jacarandás.

Los enamorados y los perros las recorren ensimismados, indiferentes a lo que no sea ese destino de vida que llevan grabado tras la frente. Ellos también están inundados por la bacanal de la primavera que, en esta época, es una señora seductora y obscena.

Las acequias traen y traen las voces de las grandes aves del desierto para alimentar la bulla de los plátanos, catedrales verdes de feligresía crepuscular.

Las paredes y las cortezas de los árboles se llenan de las palabras que unen amores eternos y diminutos.

El hombre, cuando el sábado se arrastra hacia el domingo, se sienta en un banco de la plaza a cuidar de los niños y los pájaros desvelados. Se deja estar. Le gusta ver como la noche se transforma en manta. La deriva terrestre es más viaje a esta hora del crepúsculo. El hombre viaja en este planeta atardecido. En algunas casas del vecindario se encienden las luces y se escucha música.

El hombre vuelve despacio a su casa. Las manos en los bolsillos intentan retener, en vano, ese atardecer entre el polen. Pero lo inasible es lo de siempre.

En su casa también han encendido las luces y resuenan los platos.

El hombre escancia el vino en la copa y huele.

El vino tiene el aroma del atardecer de un día de octubre.

Autor: Carlos Atahualpa Saez


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